Publlicado por el 10 jul, 2013 en Prensa | 0 comentarios

Publicado el  por 
Revista Tónica

Entrevista a Fernando Montes Vera

Por Martín Felipe Castagnet y Adela Salzmann // martinfelipecastagnet@gmail.com adelablew@gmail.com
_PS04867

foto: paula salischiker

Fernando Montes Vera (Buenos Aires, 1982) enseñó español y escritura académica en universidades tanto de Estados Unidos como de Argentina. En noviembre pasado La masacre de Reed College ganó el primer premio de novela organizado por la emergente Dakota Editora. En la actualidad enseña en una cárcel federal a través de la Universidad de Buenos Aires.

En esta época multicutural, ¿qué distancias y qué cercanías encontrás entre la cultura norteamericana y sudamericana?

En mi experiencia, la multiculturalidad allá es una estrategia de marketing y es cuantificable. Hablando de instituciones, un campus es progresista porque estipula un porcentaje de negros, chinos, latinos y gays, entre otras minorías, a las que se les va a pagar la educación para mantener el cupo. Entonces uno sabe que si va a determinada universidad, se va a encontrar un 5% de negros: no menos, pero tampoco más. Es lo que se conoce como acción afirmativa o discriminación positiva. Fuera de la multiculturalidad como marketing —la diversidad—, está la multiculturalidad contingente de la vida en las ciudades: por lo que vi, siempre fueron los poseedores de pieles más oscuras y los acentos e idiomas más exóticos los que han limpiado los pisos sobre los que caminé y las mesas en las que comí. Es curioso, por otro lado, que esta impermeabilidad o nula movilidad social de los sujetos más “diversos” no intervenidos por instituciones, coexiste con la fascinación exoticista por las comidas étnicas y auténticas. Y en medio de todo eso está la industria de las identidades. Una chica allá en Portland que era como la militante de género del campus, publicaba artículos que dicen que si sos lesbiana, pero no te gustan las mujeres con pene —o, si viene al caso, si sos gay y no te gustan loshombres con vagina—, pecás de transfobia y contribuís con la obsesión de la sociedad con el sexo y la cosificación del cuerpo y, por extensión, reafirmás la cultura de la violación. Otra chica publicaba que toda la lucha contra el aborto está mal planteada y es sexista, porque no sólo las mujeres abortan, y entonces hay que hablar del acrónimo PWU (People With Uteruses: Gente Con Úteros). El nivel de troskeo y delirio que tienen estos agentes de la corrección política es esteróideo y su recorrido es circular —con esto quiero decir retrógrado—. Me parece muy fuerte que ese fascismo indiscutible se tome como progreso y se importe a nuestros países gracias a la intervención de gente demasiado aturdida como para plantearse por qué y para qué cambian las vocales temáticas por la letra x en la escritura.

¿Qué posibilidades le ves al bilinguismo a la hora de escribir literatura para hispanohablantes?

Cómo abordar el bilingüismo en La masacre… es algo que nos preguntamos con mis editores y también con amigos que la leyeron. Desde un primer momento, quise evitar la mímesis de hacer una novela “bilingüe”. Si escribir es plantear mundos nuevos, entonces mis yanquis pueden decirse “chabón”. Mis lectores son gente hispanohablante y no quiero suponer que saben inglés. Pero aún así quedaba algo afuera. En el caso del mundo hispanohablante sabiendo inglés, creo que se trata de una especie de colonización lingüística, hay mucha gente que se identifica y se crea una especie de versión eurodisney de Estados Unidos en Argentina. Creo que bilingüismo es una palabra que siempre nos invita a delimitar qué lo es y qué no. Me tomo el atrevimiento de pensar en otra categoría que me gusta más, y con la que me siento más identificado, que es la de “lenguas en contacto”. No digo que el bilingüismo no exista ni pueda ser trabajado, pero mi visión está enfocada precisamente en la relación y los conflictos entre dos lenguas. Me gusta cuando leo o veo algo donde esa relación está problematizada, porque muchas veces ahí surgió algo nuevo para contar. Recuerdo que hace poco Will Ferrell twitteó que el español es genial por la diferencia entre “my father is 47 years old” y “my potato has 47 assholes”, que en español depende de sacarle el tilde a “papá” y a la eñe. También me vuelven loco esas instancias intraducibles del inglés como la idea de cry yourself to sleep. Creo que la literatura “bilingüe” (comillas muy enfáticas) se beneficia cuando rastrea, exhibe y juega con estas falsas relaciones, falsas amistades, lo intraducible, lo gracioso.

¿Fue permeable la escritura de la obra con respecto a la editorial que organizaba el concurso?

Cuando Dakota lanzó el concurso todavía no habían publicado nada, y yo no conocía a Megan Boyle o Tao Lin, pero la descripción de la editorial hablaba de encontrar nuevos puentes, saltear las barreras lingüísticas entrelas américas y ahí pensé que la cuestión podía llegar a funcionar. Esto quiere decir que hasta ese momento mi mayor preocupación era que mi novela fuera un delirio o, peor, un chiste interno conmigo mismo, por lo que encontrar una editorial que hablara de cosas que a mí me obsesionan desde hace años —y que, por otro lado, me parece que no están muy exploradas— me dio una sorpresiva seguridad para escribir y para obligarme a terminar lo que había estado abandonado durante años.

¿Cuál es la influencia del fandom y sus comunidades digitales en torno a las producciones de ficción?

Un tema que me obsesionó durante todo el proceso de escritura es la escritura colaborativa, y las diferentes formas de colaboración en esta coyuntura. De la segunda mitad de los noughties a esta parte hemos visto crecer una plataforma ideal para la imaginación paranoica y para quienes, felices, chapoteamos en ella: los wikis. Recuerdo haber disfrutado de gran parte de las seis temporadas de Lost, pero creo que mi máximo goce en ese respecto era entrar a www.lostpedia.org —el wiki hecho por y para los espectadores— y desintegrarme en sus fractales hipertextuales. Hay artículos para todo lo que ocurre y lo que existe en ese universo. ¡Y no se termina ahí! Además tenés una pestaña de discusión sobre el artículo en sí. Siento que, colectivamente, se diseñó —en un sentido evolutivo, no inteligente— un juego de computadora, específicamente una aventura gráfica espontánea y viva, con características virales. En este sentido, uno de mis objetivos principales en la novela fue poder traer un poco de ese mundo y ver cómo adaptarlo a un formato libro. Quise que la disposición de los capítulos, a pesar de ser lineal y no interactiva, dejara la sensación de un recorrido point and click, para lo cual me aprovisioné de cartulinas, tarjetitas y post its de colores e improvisé un sistema que no sé si podría reproducir, pero que me ayudó a hacer un reacomodamiento de la cuestión y entender la arquitectura de mi “juego”. Si les creo a algunos lectores que me escribieron, y no han sido piropos de cortesía, ha funcionado. Me han dicho que al terminar la novela quisieron empezar de nuevo, y que sintieron que “se puede entrar desde distintos lugares”. Ojalá les pase a muchos.

A partir de tu experiencia como estudiante extranjero, ¿cuál es el lugar de la fantasía tanto como víctima como victimario de una masacre de este tipo tan recurrente en Estados Unidos?

En principio yo tenía pánico de que pasara. Si bien no me paranoiqueaba, lo veía muy posible, y tenía identificados 2 o 3 estudiantes que yo pensaba “este hijo de puta se la va a mandar”, entonces me alejaba. Más allá de eso, mi caso fue particular porque era un becario de español, una figura un tanto intersticial en ese ecosistema. El becario cabalga entre dos mundos: el de los estudiantes por un lado, y el de los profesores por otro, sin que importe mucho lo que uno hace en uno u otro caso. Creo que esa situación de desfasaje, deafuera-en-el-adentro contribuyó a que yo empezara a reflexionar y, por supuesto, empatizar con estos chicos que deciden matar a sus compañeritos y profesores, aunque, hablando precisamente de la fantasía, yo estimo que no es que despiertan un día y deciden hacerlo, sino que hay una cuestión de gradualidad. Durante todo el proceso de escritura, y especialmente el del capítulo de la masacre, investigué, leí muchos escritos y vi muchos videos de estos monstruos: son personas que estaban muy mal, y los dejaron solitos en un campamento de verano, lleno de hipocresía, sonrisas corporativas y charlas de autoayuda. Y todo eso en medio de la presión del estudio y la competencia feroz de esos lugares. Hay que tener en cuenta que allá las granadas y ametralladoras se piden por teléfono. Por esto es que creo que fantasía y planeamiento no son dos cosas separadas, sino polos de un continuum y, pasado un umbral, la cosa se activa. Ahora, si la pregunta es si uno fantasea con matarlos, la verdad es que sí. A veces, sí. Aunque otras veces a uno le pinta hacer empanadas e invitarlos a comer, que fue lo que elegí yo.

http://revistatonica.com/2013/06/14/apuntar-y-clickear/