Publlicado por el 26 jul, 2016 en Prensa | 0 comentarios

Entrevista a João Pablo Cuenca

AUTORES EXTRANJEROS

El autor de El único final feliz para una historia de amor es un accidente regresa con la traducción de su primera novela, la muy experimental Cuerpo presente (Dakota). “Es como abrir un reloj para ver el mecanismo; o tener un cadáver, abrirlo y jugar con las partes”, dice.

Aullido

Por Patricio Zunini.

El brasileño João Pablo Cuenca, que deslumbró a propios y ajenos con la novela El único final feliz para una historia de amor es un accidente (Lengua de Trapo), reaparece este mes para los lectores en castellano con la traducción de su primera novela, Cuerpo presente (Dakota). Originalmente publicada hace 13 años es una novela muy experimental y urbana en la que tres personajes —Carmen, Alberto y el narrador— intercambian continuamente de roles entre sí (ella es madre, hija, amante, esposa de Alberto y el narrador; el narrador es amigo, confidente, competidor, amante de Alberto, etc.) mostrando la contracara de la felicidad eterna de Río de Janeiro. “Es un juego con arquetipos”, explica Cuenca, “en el que miro cómo se crean y se destruyen las identidades en un lugar como Copacabana”. De paso por Buenos Aires, donde exhibió la película “A morte de J.P. Cuenca” y a la vez fue jurado de la competencia internacional, habló con Eterna Cadencia de Cuerpo presente.

—Es importante decir —sigue Cuenca— que cuando escribí la novela, estaba viviendo en un edificio igual al de la novela, con no sé cuántos departamentos por piso, donde convivía con estas “cosas raras”. Las veía por la ventana.

¿Cada mujer del edificio era una Carmen?

—Podría ser. Copacabana está lleno de estos edificios que son como microcosmos. Tenía el intento de abarcar la experiencia del lugar e imaginar lo que pasa detrás de las paredes. Después de escribir esto me prometí que nunca más iba a vivir en Copacabana.

Cuando hicimos la entrevista por El único final feliz para una historia de amor es un accidentevivías en Río.

—Ahora vivo en San Pablo. Río es una ciudad muy claustrofóbica. En mi película, el mar aparece sólo una vez: son 5 segundos, se ve desde la ventana de un taxi. Río te impone la obligación de la felicidad, no sólo hay que ser feliz sino parecerlo. En San Pablo da igual.

En aquella novela también trabajabas con arquetipos: ¿qué tiene el arquetipo que te convoca a escribir?

—Siempre parto de arquetipos muy fuertes. Quizá me gusta la idea de la deconstrucción, ver qué hay por detrás. Es como abrir un reloj para ver el mecanismo. O tener un cadáver, abrirlo y jugar con las partes.

La novela tiene una cita casi textual al poema “Aullido” de Ginsberg, pero lo hace en tiempos de blogs e internet. ¿Es un aullido que se rebela ante qué?

—Hay una conexión muy fuerte en este libro entre el momento histórico donde empezábamos a fragmentar nuestro pensamiento cambiando de ventanas con alt+tab y yo, que estaba en un edificio donde había muchas ventanas. Fue un momento definitorio. Somos de una época donde había una cosa en la televisión y si querías cambiar de canal había cinco canales y tenías que levantarte de la silla. Cuando empecé a escribir estábamos en las primeras experiencias con internet. Yo tenía un blog en el 99 y tenía internet con dial up. Pero creo que esta fragmentación también es resultado de una nueva media.

¿Cuerpo presente no tiene un poco del tono de “Construcción”, la canción de Chico Buarque?

—Sí, totalmente. Incluso era una canción que escuchaba mucho mientras escribía. “Construcción” tiene un ritmo y es una manera de ver la ciudad.

Los personajes experimentan mucho con el margen de las cosas. No diría que son marginales pero sí que experimentan con el margen.

—Creo que lo hacen para evitar que quedarse dormidos. Hay algo muy limítrofe en las experiencias que describo con respecto al uso del cuerpo. Hay momentos en que el hombre se abre el pecho y ella lo abraza adentro de la piel. Los momentos de sexo son… Él entra en una vagina o los dos hombres usan a la vez el mismo preservativo. Qué locura. Yo creo que hace el intento de ver si están realmente vivos. Las cosas tienen que atravesarte para saber si estás vivo.

La novela también es experimental y se mueve en esos bordes.

—¿Es posible contar una historia? ¿Es posible confiar en alguien que te cuenta algo? Ya no. ¿Es posible creer que eso es literatura, que eso es una obra de arte? Es casi un paisaje postapocalíptico en donde ya todo fue hecho en el cine, en el arte, en la literatura y estamos caminando sobre los pedazos de vidrios rotos.

¿Por eso el narrador tiene tanta furia?

—Está furioso porque ve las cosas que los otros no. Con esa furia quiere llamar la atención sobre lo que pasa. Cómo puede ser que a la gente le dé igual, que estén indiferentes. Son cosas románticas que las fui perdiendo. Hoy tengo menos ilusión.

¿Quién era el presidente del Brasil en 2003? Porque siento que el libro se rebela al conformismo típico del neoliberalismo.

—Era Lula, pero yo lo empecé a escribir en los años de Fernando Henrique Cardoso. En ese entonces estaba en la facultad y había una rebeldía muy pronunciada en contra de Cardoso. Y yo escribí Cuerpo presente más durante los últimos tiempos de Cardoso que en los comienzos de Lula. Yo estudiaba Economía, tenía 20 años y no estaba en mi horizonte ser escritor. No pensaba que iba a publicar la novela. La escribí para leerla, para darle un sentido al momento. Estaba deprimido, una chica me había dejado y vivía solo en este lugar, que era una pesadilla. A veces puede parecer que esas circunstancias me volvieron descreído, pero abajo de todo lo feo y crudo de la novela, hay una especie de pureza e ingenuidad que yo, quizá, la mantenga hasta ahora.

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