Publlicado por el 3 abr, 2013 en Prensa | 0 comentarios

Cómo leer Antología de entradas inéditas del blog de un empleado mexicano de panda express e Megan Boyle.

Por Aquiles Cristiani.

El libro de Megan Boyle no busca lo que persigue, por eso varios de los periodistas que hasta ahora lo reseñaron encuentran suficiente profundidad en una ranura entre distintos géneros (el microrrelato, la poesía, la novela, la crónica, el diario, ¿el blog?) donde echar ancla. Quizá menos para desentrañar algunas de las preguntas que este fenómeno plantea que para dirigirse, arrastrando esa clave de lectura, hacia la siguiente etiqueta: la literatura del yo.

“Me resulta más fácil hablar con franqueza y mostrarme del todo en la escritura que personalmente. Me siento cómoda con la cantidad de yo que incluyo en mi escritura”, declaró Boyle para un suplemento argentino. En dos frases, enseña si no el motor, el principio que rige a su Antología de entradas inéditas del blog de un empleado mexicano de panda express. Un afán totalizante opuesto a la escritura como autoexploración, a menos que en su caso mostrarse sea conocerse. Una fragmentación de ese todo posible en la escritura que ella misma advierte (en la cantidad de yo que incluye) pero que acto seguido desacredita, sintiéndose cómoda, atribuyéndolo a su franqueza.

 

Boyle busca ser ella, corre detrás de sí como si alguna vez las palabras hubieran podido reflejarse en un espejo. Hay una inocencia en juego que roza lo estúpido pero que al mismo tiempo sugiere con lucidez un signo de actualidad; una ignorancia inverosímil no tanto para con el saber teórico sino como efecto de un compromiso mágico con la palabra, yo soy yo, porque sí, porque yo lo siento así.

Carolina Kelly (en diario Perfil) destaca, entre otros, dos aspectos de peso. En Antología de entradas inéditas… «no existe ningún pacto mimético realista, el empleado mexicano sólo es enunciación del título, puro juego metatextual, porque quien narra es Megan, una subjetividad hipermediada e informe…» Lo informe podría introducir la confusión en torno a los géneros (un narrador sin borde); la subjetividad hipermediada, sugerir que la creencia que Boyle deposita en su franqueza va más allá de la ficción incluso autobiográfica. En la misma frase Kelly hace referencia a un hiperrealismo que no puedo definir si engloba una característica estética o si, sin pretenderlo, insinúa un plus inasible en la realidad que Megan Boyle transita más con el cuerpo que con sus artificios literarios. Una exageración ubicua, el forzamiento de una inocencia con que se podría preservar la majestuosidad lúdica de un niño habiendo perdido la virginidad. La metatextualidad a la que apunta Kelly podría tomarse en la dirección que plantea, un juego entre un empleado mexicano que no existe y las entradas de una muchacha que no lo menciona salvo en el título, un yo es usted a lo Rimbaud, tal vez ignorado por la propia Boyle. O como palabra que está por encima de la textualidad (de un blog), soporte que se propuso como alternativa al libro de papel y que terminó siendo, en el mejor de los casos, antesala a la edición impresa o al ebook.

La enfermedad crónica del blog. Por accidente o por mera intuición comercial, los desarrolladores de redes sociales descubrieron que al reducir el silencio, –silencio en el que nos sumerge el pasaje en un libro, silencio que presentifica el encuentro en una conversación sentida–, se anula también cualquier tipo de elaboración, fenómeno altamente redituable ya que multiplica entradas, visitas, comentarios, likes por la ansiedad que produce este sin respiro… en fin, siguiendo el conocerse es mostrarse de Boyle, se allana el camino de una persona que pretende unificarse a partir de lo que le dice que es a los demás.

La segunda observación de Kelly a retomar es la siguiente: «Las luchas de este yo son con el lenguaje, sus doxas, sus lugares funcionales». No es justo criticar a un reseñista de apocado porque en general gozan de poco espacio para abrir sus ideas; introducir un debate sin que dependa de un conflicto de ocasión es casi imposible en un medio gráfico, pero me hubiese gustado que se explayara sobre esos lugares funcionales del yo. ¿O se refiere a los lugares funcionales del lenguaje? No voy a preguntar cuáles serían porque olvidaríamos rápidamente a Megan Boyle. Pero sí, ¿cómo funciona ese yo en este tipo de literaturas?

Por ejemplo, hay quien permuta ese yo por el mito editorial que particulariza a la escritora. «La jovencísima Megan Boyle (nació en 1985) escribe que estudió en cinco universidades, pero no se graduó y que hoy hace carrera como conductora de camiones. Es dentro de estas claves que hay que leer esta ¿novela? Su autora no quiere mostrarse como una autora, sino como una chica que escribe en un blog, o como alguien que tipea despreocupadamente en su computadora, mientras piensa en un mexicano que atiende un local de fast food», Radar Libros, Mercedes Halfon. «Despreocupadamente» dice Halfon, «cómoda» declara Megan. Así comienza Antología…:

02.1.09
nunca podría ser periodista deportiva a menos que mi trabajo consistiera en escribir deporte deporte deporte deporte durante tres páginas.

Renglón en blanco de por medio, continúa:

¿qué pasaría si las personas jugaran con juguetes de gato de la misma forma en que los gatos juegan con juguetes de gato y alguna gente se escabullera de sus cubículos en la oficina para ir a la sala de descanso a jugar con juguetes y fueran sorprendidos por sus jefes y solo atinaran a quedarse mirando y el jefe tuviera que decir vuelvan a trabajar, tarados? ¿qué pasaría si pasara eso?

Hay que reconocer el trabajo de traducción: debe ser muy complejo respetar ese regodeo, esa repetición que dificulta saber si la narradora nos goza o si es otra chica cualquiera que con las dos o tres chispas que le quedan encendidas pretende descongelarse. El vínculo entre esos dos párrafos liga el juego y el trabajo. Un juego egocéntrico, un trabajo que se parece a una descarga kinética más que a la obtención de un valor añadido o a la capitalización de un talento. No existe un trabajo así, y nunca los hombres van jugar como gatos hasta que su jefe los detenga. ¿A eso se refería Carolina Kelly con hiperrealismo? ¿A la conversión de un impulso caprichoso que inauguraría un olvido distinto al funcionamiento de la memoria? ¿Que no hay mejor manera de conocerse a sí mismo que vomitando los pelos que tragamos de tanto relamernos?

Ninguna de estas preguntas sería pertinente hacérselas a Boyle, ya que antes habría que esclarecer si es víctima o artífice de su franqueza. De todas formas, el enigma no debería ir más allá de una solución inmediata: si toda la obra de Boyle, de Antología de entrada inéditas… en adelante, se limita organizar su catarsis a partir de blancos que la fragmentan, progresivamente irá perdiendo lectores… y en consecuencia, la esperanza de encontrar en la literatura un espacio donde mostrarse “más ella” que personalmente. Será otro artista con la edad mental soldada a la época en que le prestaron atención.  Pero todavía no es hora de enojarse con la brillante boludez que articula el libro de Megan ni, como escribe Ezequiel Alemián en el suplemento Ñ, para vaticinar que “es un libro que dice mucho sobre la conformación internacional de las letras”.

Nuevamente el peso de esa sentencia recae en lo que Megan Boyle haga de aquí en adelante. Megan no es una escritora para consagrar ni para sepultar, y su obra no es mediocre. Por lo pronto el libro ha generado una demanda, demanda de consumidores (de novedades), como un llamado a ser entendida, ella, Megan, a través de la literatura. Es decir, su ficción pareciera estar menos ligada a la creatividad, al grito, que a una supervivencia doméstica: Boyle es Megan. Ha logrado ser su yo, igualarlo con su nombre.

Esto no necesariamente habla bien de su novela. Novela, en mi opinión, porque plantea un universo de sentido entorno a un personaje principal cuyas imágenes no corren el significado de la palabra sino que corporizan un tiempo y un espacio real a sus propias vicisitudes. De todas formas, esta declaración establecería el foco en un problema que ya ha generado millones de opiniones desde el ingreso a la era digital: la mutación de las estructuras clásicas a partir de las nuevas plataformas de escritura, debate que depende menos de las propuestas y posiciones que los artistas puedan postular con mayor o menor claridad, que de los nichos que los desarrolladores de redes sociales descubran para diferenciarse de su competencia. Lamento ser pesimista. Esta invención de un ser proyectado (distinto al concepto autor o al de la muerte del autor) introduce un yo inédito, advertido por la sociología y el periodismo, que subvierte ya no el uso del pronombre personal sino el espacio de verdad que empuja esa expresión. Por eso es fácil confundir el problema que esto plantea en relación a la ficción (¿qué es ese yo que no busca autoría sino autorización?) con el viejo dilema de los géneros.

Cuando Ezequiel Alemián hablaba de una conformación internacional de las letras, que Antología de entradas inéditas… lo podría haber escrito una chica argentina, lo primero que se me ocurrió fue que si lo hubiese escrito Cecilia Pavón, autora de Caramelos de Anís, precursora nacional de la literatura desentendida o “despreocupada” como dice Halfon, sería un poema. La comparación es estúpida y extemporánea, lo sé. Pero me sirvió para pensar que eso que empezó despreocupándose de la tradición “elevada”, “críptica”, “académica” no dejó de apoyarse en el poema o en la necesidad de liberar al poema de tanta circunspección. No es caso de Boyle. Boyle escribe una novela que se niega a sí misma con una extraña justicia. La misma que podría conferírsele a un perro que dice “yo no soy un perro”.

Habrá quien no esté de acuerdo con esto y seguramente tenga buenos argumentos para hacerlo. Lo que quiero decir es que se puede tomar partido sin mayor compromiso. O que entrando en esa discusión volvemos a lecturas descriptivas que solamente habilitan etiquetas al periodismo cultural.

Virgina Cosin, autora de Partida de nacimiento, siguiendo la compulsión de Boyle por las listas, expresó lo que genera el libro con simpleza y honestidad:

1
Oh. Qué moderno
2
Cualquiera puede escribir así.
3
No. Escribir así no es tan fácil.

¿Por qué no es fácil escribir como Boyle si después de leer su libro uno siente que podría parodiarla sin esfuerzo, que nada sería más sencillo que despachar lo primero que nos venga a la cabeza y chantar un enter como borrando lo que venimos de decir? Porque lo difícil es ser Megan, o confiar en la posibilidad de ser eso que se produce sin mediaciones que mantengan la distancia tanto con los demás, como entre la ficción y la vida.

A los Proxe Micos Megan les molesta, les cae pesada por su excesiva liviandad. No la pueden digerir, siguiendo la lógica de su medallero. Es la única nota que leí en su contra y lamentablemente me dio la impresión de que el afán por resultar tajantes era más ferviente que su capacidad de observación. De todos modos, vale la pena detenernos unos momentos en su planteo. El Tratado de la proxemia de los Proxe Micos funciona como el DSM-IV. Ateórico, descriptivo; no es casual entonces que desde su perspectiva el más alto de los ideales literarios aspire al texto “limpio, sin vicios”. Inhumano, porque presupone un juicio conveniente. Y retrógrado, porque con el ding dong de la campana de la normalidad (de la tradición que sólo se interesa en obras maestras), los Proxe Micos se creen capaces de anticipar el destino de una persona (de un libro, en este caso).

De todas formas, destrocemos a Megan con los Proxe Micos:

…la edición es de lujo para ser paperback. De rápida lectura, principalmente porque no ofrece ningún obstáculo para el entendimiento de ningún ser humano.

Los Proxe Micos conocen el entendimiento humano, y siguen adelante:

En serie con: cualquier blog de adolescente o adulta joven conflictuada que no sabe qué hacer con su vida.

Eso es verdad, tienen razón. Si Megan fuese mi amiga le diría que no se haga camionera. Es muy peligroso, Megan. Pero no nos desviemos, queda una pregunta crucial. ¿Cómo llegó la Proxemia al libro de Boyle?

Reunión en Bar (la mayúscula es proxémica) por presentación de Premios Dakota y nobleza obliga a comprar libros, aunque éstos no lo ameriten.

¿Por qué los que quieren estar en contra terminan comportándose como los más cholulos? Si la aguda percepción de los proxémicos los alarmó sobre el banquete podrido que estaban por engullir, ¿por qué bebieron de esa copa? ¿Qué se gana con hacerse el vivo con algo que no gustó? ¡Si la proxemia es el estudio de las distancias!

Como los presocráticos, dividen en cuatro elementos (sólido, gelatinoso, líquido y gaseoso) el universo literario. Ahora si yo dijera que el de Boyle es un libro sólido, no estaría faltando a su sentencia aunque ellos se verían a obligados a añadir que es sólido por su empecinamiento. Queda planteado el problema que presupone establecer cualquier punto de partida en un simbolismo; por más que sea chistoso, poético o simplemente disruptivo como las ganas de un estudiante de desprenderse del maestro, no deja de fortalecer una lógica de poder que quizá los mismos Proxe Micos no puedan tragar. La critica que hacen no sirve ni para pensar el libro ni para descartarlo.

En la misma entrevista a Boyle que se hace referencia al comienzo de este artículo, Tao o Lin, el otro exponente traducido al español de la alt lit, quick shit o new sincerity, responde: “No sé bien qué significa la soledad. Usé mucho esa palabra y la sigo usando pero ya menos a medida que me di cuenta que no sé muy bien de lo que hablo cuando digo: Me siento solo.”

Y Boyle agrega: “La clase de soledad que siento tiene que ver con no poder escapar de mis pensamientos, y de solo poder vivir la experiencia a partir de mis pensamientos”.

El libro de Megan es interesante gracias a sus blancos (enters que detienen ese pensamiento). Vacíos que nada tienen que ver con la parte que no vemos del iceberg sino con el punto ciego en que el yo de la quick shit, motivado por el disgusto que le provoca la vida, recupera su fe totalizante y adquiere de un matiz compulsivo, repetitivo, arreal. Dueña de una literatura que no replantea la ficción sino que gracias a ella se permite vivir, Megan Boyle retrata un exceso que habla de lo poco que hoy entendemos el yo como vehículo de nosotros mismos. Un yo como el ser. Un yo por toda esencia.

Algo se filtra por esos blancos, o gracias a un sentido del humor fresco, que nos deja leer el libro hasta al final a pesar de los prejuicios que dispara desde el primer párrafo. Me gustaría volver a leer a Megan Boyle si alguna vez su franqueza indeclinable dispara por la culata. No la critico, su libro ha logrado plasmar con sutileza señales de una generación cuya jugada maestra fue realizar un enroque entre el deseo y el éxito. Mientras tanto me río de los que se ríen de Megan. A veces con ellos, sí, pero otras solo.

 

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