Publlicado por el 14 ene, 2015 en Prensa | 0 comentarios

Lecturas. Tres capítulos de “El mes raro”, el nuevo libro de la joven poeta argentina Valeria Meiller, que construyen un universo donde se mezclan una familia, una casa de campo y una temporada de sequía agobiante.

POR VALERIA MEILLER

Valeria Miller

Valeria Meiller. Es editora, crítica cultural, docente y traductora.

La casa de campo

Se quedan solos en la cocina después de la cena yél le cuenta que a veces no se reconoce en elespejo. Entonces el chico mira su silla, la única conapoyabrazos, y entiende mejor lo que significa sunombre. Los sorprende una ráfaga de viento queentra por la ventana, silba y se retira, como pasasiempre con el aire caliente.–Son días típicos de calor para el norte –dice elchico.–Días frescos si estuviéramos en la India –se ríe él.La conversación sobre el clima se estira un poco yconcluyen que son días de calor insoportable parael campo. Por esta vez coinciden, aunque la mayorparte del tiempo no se parezcan casi nada.
Los enfermos

Otros años, el maíz del campo abierto es uniforme,cae sólo en los bajos, donde la tierra estuvo mojada yse barrió. Si no, los surcos respetan un ritmo demúsica, una distancia regular y una altura pareja. Enlas quintas se planta espaciado para que el frente delas casas asista a la belleza escalonada de los tallos:un retrato correctivo de la familia en el que no hayviolencia y cada uno tiene derecho a su propia edad.Entre las hojas, en el centro fértil de la tierra, elloslabran las tardes ventosas con la alegría de los niños.Esos días sin querer son felices, abren surcos en elaire como si cantaran: toda genealogía es falsa, lospájaros jaspeados están conmigo, en derredor mío,mi padre está contra mí.Las voces se apilan como estratos geológicos, capasminerales de un mundo donde la sangre es siempremás espesa que el agua. En cada surco que abren estála promesa de la vida nueva, un hervidero –caldo decultivo en el que algunas veces encuentran hijos, ydespués la cura para las enfermedades pediátricas.Pero en el pronóstico de esta temporada no haydescendencia y el chico regresa con muy mala cara,ejerciendo presión con una palma en alguna partedel cuerpo. Al verlo llegar, ella lo tiende como a unasábana. El mármol del suelo es un bálsamo frío ysobre él, el verano se divide en un mapa de doslenguas. De una parte, los conejos sanos se alejancampo adentro –saltan a toda velocidad lejos de lacasa. De la otra, a media luz y bajo las lámparas, elchico y los conejos enfermos imaginan juntos unfuturo de agua. En esa fantasía hay siempre peces ycuando el tumulto de la marea se pone bravo, selevantan con las branquias abiertas en el aire.
Grillos

El día despunta temprano y todos podrían estarcontentos, como en el cumpleaños de alguien. Lamesa está puesta, la tetera tibia, y la leña que sobródel invierno se humedece con el rocío. Pero losmilímetros que faltan por llover se instalan en elcorazón de la mañana y la geografía del mundo girasobre sus cabezas igual que las moscas. Ella recorrelos países más alejados y más verdes mientrasprepara el desayuno, él baja de su habitación con losojos muy arqueados y sobre la proa está el chico.Ella los mira desde la puerta, se quita el delantal conla elegancia de la nieve. Si lloviera, con la piel delhombro brillante, recién caída del cielo, al hombrele saldrían raíces. El chico se hamacaría con suavidad,en el borde del pasto, y ella florecería como laspuntas del pelo, volviéndose muy frágil.Pero la inclemencia de febrero es pura dureza, y loscuerpos de los tres se encallan en un mar de polvo.La idea de Dios sube, baja, imita el salto de los grillospara volver a descender siempre.

 

http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/ficcion/Valeria-Meiller-mes-raro_0_1281472162.html