Publlicado por el 9 oct, 2013 en Prensa | 0 comentarios

Ganador del Premio Dakota de Novela 2012, el autor de “La masacre de Reed College” indaga en dos ámbitos que se conectan: la vida precarizada de jóvenes instruidos en la Argentina y la vida universitaria en uno de los campus más prestigiosos de los Estados Unidos. Todo en una novela de terror.

ELEMENTO EXOTICO. En su novela, Montes Vera cuenta cómo un podía ser convertido en monstruo por un discurso más legítimo.

ELEMENTO EXOTICO. En su novela, Montes Vera cuenta cómo un podía ser convertido en monstruo por un discurso más legítimo.

La mejor función de un premio literario es motivar a un escritor o escritora terminar esa obra que tiene incompleta en el cajón o –más probable en estos años– en la memoria de su laptop. Eso le pasó a Fernando Montes Vera con su excelente novela La masacre de Reed College que ganó el Premio Dakota de Novela 2012. En la última página de agradecimientos escribe: “…lo cierto es que sin la intervención de muchas personas clave hoy no sería más que un borrador abandonado.”

Un escritor menos ambicioso podría haber hecho dos novelas con el material que hay dentro de esta. Por un lado hay una crónica, o retrato, de la vida de inteligentes jóvenes porteños –universitarios y lectores- que se tienen que resignar a trabajos en call centers o dando clases de español a estadounidenses malcriados que aterrizan en Buenos Aires por un semestre para disfrutar como pueden con sus dólares. El escritor vago hubiera escrito esta novela nomás y no hubiera estado mal.

Pero, por otro lado, en La masacre de Reed College hay una especie de novela de campus costumbrista, situada en el prestigioso Reed College. El protagonista de la novela, como el autor, se ganó una beca para ser profesor en Reed por un semestre. Reed está en Portland, Oregón, en el noreste de los Estados Unidos. A primera vista, es una especie de paraíso. Su política es de izquierda, sus alumnos, supuestamente de los más inteligentes y sensibles del país. Otra cosita más: la matrícula sale casi 60.000 dólares por año. El título se consigue en cuatro años.

Un autor convencional se hubiera limitado a este campo de experiencia para escribir una novela. Y hubiera estado bien. Al mezclar los dos mundos, Montes Vera logró crear un mundo más fascinante. Nos muestra cuán distintas son las vidas de los vienteañeros en dos lugares del mundo, por más que comparten –en términos generales- las mismas lecturas, referencias culturales y morales.

Esta segunda parte de la novela es muy fascinante para un lector local, porque detalla el shock cultural de un argentino de clase media en una de estas utopías académicas. El epígrafe del libro Portland, de Alejandro Ferreiro es “Estoy en el paraíso. Y no lo soporto.”

Se puede señalar un tercer elemento de la novela: es de horror. Está implícito en el título y no vamos a entrar en el tema para no revelar datos clave de la trama.

La novela es fragmentaria, pero no de una manera pretenciosa. Fluye. Hay una trama clara aunque no se despliega en una línea directa desde A hasta Z. También es una reflexión sobre la monstruosidad: cómo los contextos nos hacen monstruos más que nuestra naturaleza inherente.

En un momento el protagonista reclama sobre su situación en Reed: “El era un mero adorno antropológico e interactivo en el campus. Como toda construcción exótica, en cualquier momento podía ser convertido en monstruo de manera irremediable por un discurso más legítimo que él.” Charlamos por teléfono con Fernando Montes Vera sobre su original novela. Lo que sigue es una porción editada de nuestra charla.

-En los agradecimientos de la novela mencionás que sin la ayuda de varias personas no hubieras podido terminar la novela. ¿En qué consistió esa ayuda?
-Desde el principio de la novela había planificado cómo tenía que terminar. O sea, cuál era el problema del principio, como había una determinada situación en un momento y el final. El A, B y C. Esto siempre estuvo desde el principio. Lo que no estuvo fue el pasaje de una cosa a la otra. Entonces, el trayecto de la escritura fue como muy desligado. Porque a partir de esos tres momentos –digamos que no escribí cronológicamente, sino que tenía distintos fragmentos de situaciones y de reflexiones, que todavía tenían que ver como iban a conectarse. Allí, escuchando opiniones, me di cuenta de que tenía que armar la estructura de la novela y seguir para delante. ¡Y la terminé de escribir básicamente, porque me dijeron que valía la pena!

-¿Cuándo decidió darle títulos a cada capítulo? ¿Por qué fue importante eso?
-El problema que tuve para conectar esos capítulos es que esa conexión no atiende en primer lugar al tiempo y al espacio. Y tampoco a los personajes. Tiene más que ver con temas y sensaciones que se van hilando. Pienso que la novela es un recorrido por distintas emociones y distintas instancias de cosas parecidas a lo largo de distintas épocas, personajes, miedos. No es una cosa coral, pero hay ciertos sentimientos que lo van guiando. Lo de los títulos, creo, me pareció que podía ayudar orientar un poco. Me asombró que yo pensé que iba a ser claro, pero cuando terminó no siendo claro… Los títulos son siempre una palabra que está en ese capítulo. Y a veces parece como algo que yo impuse, pero no. Es una especie de palabra clave. Pero también quise que armaran una historia y fueran generando esta cosa de terror por allí hablando de cualquier cosa…. También fue por una cuestión de ayudar el lector. No me gustó, por ejemplo, haber recibido comentarios de que la novela era posmoderna. Todo lo contrario. No sé lo que significa posmoderno. La sensación que me da es algo donde todo vale. Y lo que más trabajé en la novela fue que estuviera todo conectado.

-¿Cómo fue recibida la novela? 
-Hay dos lecturas muy marcadas por límite de edad. De treinta para arriba, el tema del orden de los capítulos fue muy problemático. Causó confusión. Y para abajo no recibí ningún comentario al respecto. Está completamente naturalizado. Eso tiene que ver con marcos cognitivos que tienen que ver con la generación y con los productos culturales a los que accedemos. Las series que miramos y todo eso.

Para mí fue natural y divertido. Por otro lado, cuando leo una novela que es sólo un formato de texto me aburre. No por prejuicio estético, sino que me anula, me cuesta leer así. No termino de leer los libros. En segundo lugar, hay algo con lo que significa el género en tanto novela. El género es una categoría descriptiva, no es una categoría normativa, explicativa. O sea, lo de los distintos textos en la novela no es un gesto estético. Me parecía lo más natural… La construcción de la experiencia está atada a nuestra capacidad cognitiva de construir experiencias a partir de distintos textos. Distintos tipos textuales. No es revolucionario ni nada. Todo esto ya existe, estas herramientas narrativas. Lo considero más divertido y más rico así. Más fácil escribir, incluso…

-Sé que se dedica al análisis del discurso. ¿Cómo juega esa disciplina en el momento de escribir ficción? ¿Se contradicen o se complementan?
-No, no se contradicen. Son más o menos lo mismo. Si no hubiera sido por el concurso, jamás hubiera terminado la novela. A mí escribir me aburre mucho. Paso mucho tiempo investigando y me pierdo. Investigo mucho, mucho, mucho después miro lo que tengo y trato de ver qué está diciendo. Y a veces no te dice nada. Con la novela me pasó esto. Estuvo bueno haberlo agarrado después de un par de años y con el tema del concurso, que tenía un mes para terminarla, vi todo junto, recorté mucho y vi qué historia estaba contando. Pensé que estaba contando la historia de la masacre, pero cuando lo agarré de nuevo estaba contando otra historia…

Los personajes son de dar discursos…
-Quise reflexionar sobre qué hacemos con las palabras. Y qué es una palabra, básicamente. En la novela hay algo que muchos de los personajes tienen en común: dan discursos muy grandes y muy legítimos que son más grandes que ellos. Y los envuelven y los traicionan, como si les prometieran algo que no. Pero no es un planteo ideológico, sino una inquietud mía que me parece comunicable.

-La novela muestra un poco la inocencia boba de los alumnos estadounidenses. Me pareció a mí por lo menos.
-Por un lado está eso. Y a mí hay también como una respuesta –bueno, no sé si es una respuesta porque ellos ni se enteran- pero a esta cosa del relativismo cultural y el afán no invasivo del antropólogo… que también son de la academia de allá y cuando te pones a mirarlas con una lupa, ves que son disciplinas oscurísimas. Estaban al servicio del espionaje, de la traición, de genocidios. Me parece cruel que a nosotros en Argentina nos contagian la culpa occidental de eso. Que nosotros no la tenemos.

-¿Puede ampliar un poco esa idea?
-Sí. En eso de que nosotros somos periféricos, digamos, tengamos miedo a exhibir o hablar del shock cultural… Porque está la idea de que hacerlo es malo o porque uno está imponiendo sus propias categorías en ese otro mundo. Pero lo que hay que entender es que ese mundo es el imperio. No se trata de que yo estoy yendo al impenetrable y me estoy riendo de que la gente, no sé, no usa corpiño. No es ese el caso. Estoy yendo a un país en el cual el grueso de la población concientemente avala genocidios. Esto no es ningún descubrimiento. No es que pueden hacer mucho tampoco. Hay estados policiales. Te ponés a protestar por la intervención en Siria y te llevan preso. No podés, no podés. Por más que no tengas experiencias de opresión directa, hay una sensación totalitaria.

http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/ficcion/Fernando-Montes-Vera-Dakota-entrevista_0_1004899969.html