Publlicado por el 13 abr, 2015 en Prensa | 0 comentarios

13 de Abril de 2015

Valeria Meiller (Azul,1985) reflexiona sobre el origen de su reciente El mes raro

“Los viajes siempre iluminan los lugares de los que uno se separa”

Desde su residencia en Nueva York, donde desarrolla un programa de escritura creativa, la joven autora explica cómo llegó a los 29 capítulos de prosa poética de su último libro a partir de su título anterior, Tilos (2011).

Ivana Romero

Valeria-Meiller

En el campo, no des nunca nada por sentado”, se dice a sí mismo uno de los personajes de El mes raro, el último libro de Valeria Meiller, editado por Dakota. Ahí, en ese campo primero y en el mar después, una pareja se encuentra de a ratos, cuando el silencio no los ahoga. El equilibrio se rompe con la llegada de un chico que, lejos de reconciliarlos con su esencia humana, parece hundirlos en la naturaleza salvaje o interpelar la esencia animal que toda persona lleva bajo su piel. Y alrededor de los tres, rumores de pájaros, ladridos de perros, el olor a pólvora que anuncia una tarde de caza. 

Estos textos pueden ser leídos como una novela. Pero también como poemas, como pequeñas prosas que configuran un paisaje; en definitiva, como textos híbridos cuyo mayor goce no está en ser encasillados sino en explorar esos bordes donde la lengua se dobla y se transforma en un eco distinto al que se espera; o sea, en literatura. 

“La naturaleza tiene su ley, desde las estaciones hasta los fenómenos meteorológicos o las catástrofes naturales, que si bien pueden ser controlados hasta cierto punto, siguen imponiéndose sobre su voluntad, estableciendo un límite a partir del cual, o más allá del cual, el hombre no puede sino doblegarse. Creo que la forma en que estos personajes y la naturaleza se relacionan tiene mucho que ver con el ejercicio de algún tipo de humildad, con la aceptación de la naturaleza como algo implacable, como una forma de ley”, responde Meiller desde Brooklyn, Nueva York, donde cursa el Creative Writing Programe in Spanish de NYU, cuando se la consulta sobre su percepción del entorno en el que discurre el texto. 

Nacida en Azul (Buenos Aires) en 1985, Meiller es Licenciada en Letras, escritora, crítica cultural, poeta, traductora y editora (Dakota es un sello que creó). En 2010 publicó su primer libro, El recreo, cuyos poemas fueron considerados por el crítico Gabriel Cortiñas como una fusión entre el desierto “mansillesco ranquelino” y la mirada de un gaucho devenido colono en la llanura. 

Un año después salió Prueba de soledad en el paisaje, en coautoría con Leandro Llull, Inti García Santamaría y Christian Aedo. Es que ellos y Valeria fueron elegidos por los escritores Tamara Kamenszain, Daniel Link y Arturo Carrera para vivir durante un mes en un centro de experimentación artística en Estación Pringles con la idea de llevar adelante, según cuenta la escritora, un proyecto de “creación poética en contrastación con la llanura pampeana”. O sea que sí, que los entornos rurales son una inquietud que reaparece en su obra. 

En el caso de El mes raro, muchos de los textos fueron escritos hace cinco años y se publicaron en 2011, como Tilos, a través de la editorial La propia cartonera, en Uruguay. “Pero esa versión siempre me pareció un poco fallida, y me costó muchísimo tiempo encontrar una forma o algún –mínimo– principio que los organizara”, explica Meiller. Y es que para la autora, el proceso de composición de un texto tiene varias etapas. “Los poemas –en este caso ‘las prosas’ o ‘los textos híbridos’– germinan a partir de anotaciones en los diarios que llevo, de una forma más o menos desprolija. Ahí van a parar impresiones de cosas vistas o escuchadas, junto con transcripciones de lecturas, sin ninguna jerarquía o principio de organización claro”, cuenta. Pero de a poco, en la relectura de esos fragmentos, ciertas inquietudes o tópicos aparecen de forma recurrente. “Es entonces cuando empiezo a escribir y armo archivos que, lentamente, me van mostrando su propia textura”, agrega.  

Para Meiller, el límite entre géneros literarios es cada vez más difuso. “Así como también lo es el límite entre la literatura y otros campos. Me parece que la idea de Josefina Ludmer de las literaturas pos-autónomas es muy productiva para pensar esto: escrituras que atraviesan las fronteras y quedan afuera y adentro, en posición diaspórica. Estando al mismo tiempo afuera pero también atrapadas en el interior, siguen apareciendo como literatura pero no siempre se las puede leer con criterios o categorías literarias sin ambivalencia”, explica. 

La musicalidad es, sino la primera, una de las principales preocupaciones que Meiller tiene al momento de escribir. “En el caso de El mes raro en particular, siento que dar con un ‘tono’, o mejor aún un ‘ritmo’, fue un desafío grande, porque al tener –aunque tenue– un componente narrativo, el libro muchas veces me pedía tomar una decisión a favor del ritmo o del sentido. Esa decisión nunca me resultaba fácil”, dice. 

“De la poesía esperamos que nombre como por primera vez el mundo. El campo, las generaciones sucesivas que lo habitan y trabajan, viven simultáneamente en la poesía de Valeria Meiller, alimentada por una serena aceptación de lo que exige convivir con el paisaje”, escribió Edgardo Cozarinsky sobre este libro. 

El mes raro –cuyo título evoca a Juan José Saer, otro amante de las llanuras– está plagado de silencio, muy distinto de la atmósfera de Nueva York donde el texto encontró la forma final para su publicación. “Es que la distancia con los objetos, las situaciones o los lugares, permite de verdad verlos. Por eso creo que la experiencia de los viajes siempre ilumina los lugares de los que uno se separa”, concluye la escritora.  «

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