Publlicado por el 28 sep, 2015 en Prensa | 0 comentarios

RESEÑA

Por Juan Maisonnave

En el primer libro de relatos de la joven escritora brasileña Carol Bensimon, la arquitectura, o el recuerdo que se tiene de ella, es testigo y parte del pasado. Y también una cárcel desde donde se le dice adiós a la juventud.

Polvo de pared
Carol Bensimon
Dakota editora, 2015

En la última edición del BAFICI pudo verse un documental curioso: Javier Olivera, hijo de Héctor, el director de La Patagonia rebelde, decidió registrar cómo retroexcavadoras y otras máquinas con similar presencia destructiva demolían pacientemente su casa de la infancia en San Isidro. La jugada era intrigante y atractiva, además de riesgosa:  devenido cineasta como su padre, Olivera ejecutaba este primer movimiento con una carga simbólica difícil de superar, enterrándolo –a él y a los jardineros, los amigos izquierdistas que lo visitaron, las fiestas y celebraciones y mucamas y el estudio al que iba a encorvarse frente a su máquina de escribir– junto a los escombros del pasado.

No hay persona que no lleve la marca indeleble de la vivienda donde transcurrió sus primeros años: los adornos, la distribución de los cuartos y de las personas que los habitaron, las alacenas chirriantes, puertitas ocultas en muebles para licores o dulces, escondites, aromas, el color de las baldosas del patio. Todo eso que en su momento se presentó como algo definitivo y ahora a veces es nostalgia o un recuerdo inquietante –que Olivera barrió en su documental, llamado sugestivamente La sombra– establece un pacto de identificación inmediata cuando hace pie con habilidad en el terreno narrativo.

Es el caso de “La caja”, el primero y más sólido relato de Polvo de pared, libro que lleva la firma de Carol Bensimon (Porto Alegre, 1982) y comienza con la entrada furtiva de un personaje (Tomas) a la casa abandonada de una familia que huyó por algún motivo oscuro (los Larsen), donde el intruso logra un avistamiento de su pasado: el sofisticadísimo hogar de Alice, una amiga que vivía dentro de las paredes de un cubo racionalista robándole pequeñas dosis de marihuana a una madre demasiado progre para consumir con sus amigos raros. La caja del título hace referencia a esta inusual entidad arquitectónica en el vecindario que supo diseñar una eminencia local, a quien por su estilo y su  admiración hacia Le Corbusier no cuesta asociar con Niemeyer.

Casas vacías, demoliciones, hoteles con muchas arcadas, construidos “como si los setentas fuesen a durar para siempre”. Los personajes de Bensimon son prisioneros de diferentes máquinas para habitar, como decía Le Corbusier, o determinados por un contexto en el que, por el contrario, un iluminado decide tirar todo abajo, desmontar para construir un club de campo. “Falta cielo” trae ecos de desforestación y violencia: una postal de Brasil contada con algo de humor y prosa seca.

El relato que cierra el libro –“Capitán Carpincho”– es también la culminación de la mirada infantil y adolescente: aparece la vocación literaria y con ella, como un presagio negro, el primer trabajo humillante. La acción se desarrolla esta vez en una especie de hotel para conferencias y turistas poco exigentes, rodeado de construcciones que parecen maquetas. La obsesión por lo que se alza sobre el plano se mantiene hasta la última línea, y la actividad humana pareciera funcionar banalizando, robándole pretensiones de trascendencia a las escenografías que habita (“dejar ideas en el cemento parece ser una forma insistente de permanecer”).

Luego de una publicación local más o menos sostenida de nombres ya ampliamente reconocidos dentro y fuera de su país (Noll, Fomseca, Sant’Anna), resulta saludable recibir novedades brasileñas. Con poco más de 30 años, al igual que su compatriota Daniel Galera, Bensimon ya ocupa un sitio destacado en el panorama de la literatura contemporánea brasileña y fue elegida como una de las mejores novelistas jóvenes de Brasil por la revista literaria Granta. Polvo de pared fue publicado originalmente en 2008. Se trata de su primer libro, algo que se percibe en ciertos coqueteos con los cambios arbitrarios de punto de vista, los títulos por momentos innecesarios, como si se quisiera orientar al lector poco avezado, y la falta de desarrollo que exigían algunas subtramas y ciertos personajes para conseguir el efecto deseado.

De todas formas, ayudados por una muy correcta traducción, que sólo recurre a la coloquialidad (“careta”) cuando es necesario -más difícil es defender “mato”, en lugar de haber utilizado los más accesibles monte o bosque-, y una utilización inmejorable por parte de la autora de los tiempos, trasladando descripciones y acciones a un presente cuando lo requiere la urgencia y la proximidad buscadas, los relatos de Polvo de pared proponen maneras torpes, ridículas y atormentadas de entrar al mundo adulto, no exentas de gracia y personalidad. Esos momentos cruciales en los que un poco de juventud muere definitivamente. Como cuando las topadoras del niño Olivera saldaron cuentas con la sombra residencial de su padre. O cuando Tomas, el amigo de Alice, recorre la casa de los Larsen como un explorador desanimado y la sensación de derrota de la que habla Fabián Casas en su poema “Final”: en la soledad de esta casa deshabitada, tengo la terrible certeza  de estar parado sobre una equivocación.

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