Publlicado por el 26 jun, 2015 en Prensa | 0 comentarios

COSAS QUE ESTUVE MIRANDO

Música de tortas

Un libro raro de Valeria Meiller, uno divertido de Enzo Maqueira, un buen recital de Ana Prada

1º de junio de 2015

por TAMARA TENENBAUM

El mes raro, de Valeria Meiller

Me permití el copete fácil, pero de verdad que El mes raro es un libro muy raro. Tiene algo así como capítulos (de dos carillas chicas como mucho), pero llamarlo “novela” es claramente inexacto. Es más bien una colección de poemas en prosa, que cuentan en imágenes, pedacitos, un mes en la vida de una pareja cualquiera (“él” y “ella”). El universo que arma no es abstracto ni universal, por el contrario: ella y él viven en el campo y su cotidianeidad está marcada por los tiempos, seres y rituales que lo pueblan. Quizás lo más interesante del libro sea el ritmo que logra generar con las descripciones del trabajo rural, el día a día de los animales (imposible no pensar en alguna letra de Celeste Carballo estilo Querido Coronel Pringles), la naturalidad con la que en el campo se llevan la vida, la muerte, las armas: realmente “se siente” cuando amanece, cuando anochece, cuando empieza un día que es igual al anterior pero un poco distinto, porque ayer había que matar perdices y hoy hay que sacarles el cuero a las vacas.

Hay una cosa híbrida, inevitable y evidentemente autobiográfica que hace a este libro aún más original, al menos en términos generacionales (Meiller nació en 1985, tiene casi mi edad), o quizás solo desde mi punta de vista: él y ella no son gauchos ni nada parecido. A él se lo ve escribiendo y hablan entre ellos como hablan dos universitarios de carreras bohemias. No se siente antinatural ni impostado, y el mix entre ese lenguaje y el imaginario rural se lee como algo fluido, que ni siquiera genera pregunta en la primera lectura. Otra vez, quizás es un vicio propio, pero a mí me resulta refrescante leer una historia de amor y desamor entre dos personas como yo que viven en un mundo que conozco poco, que no hablan de las bandas que escuchan, los libros que leen, las cosas que estudian, pero evidentemente escuchan bandas, leen libros y estudian. También es un desafío interesante: en el fondo los nombres propios son un camino fácil a la hora de crear un universo narrativo y encontrar un lector empático. Valeria Meiller genera familiaridad a partir de un discurso muy interno, muy de los sentimientos: la soledad, la abulia, el miedo, el extrañamiento, las idas y vueltas que caracterizan al amor del siglo XXI en Almagro o en alguna estancia recóndita de la provincia de Buenos Aires.

No es un libro apto para buscadores de cliffhangers o novelas que te tienen sentado en el borde de la silla, pero a quien tenga paciencia para la poesía, sin duda le recomiendo que lo intente.

‘Electrónica’, de Enzo Maqueira

Empecé este libro con algún prejuicio: no soy muy de prenderme con los relatos sobre pibes de treinta y pico que toman merca y creen que descubrieron algo cuando afirman que la vida no es sólo coger con minas que no importan y drogarte todos los días. Pero la novela me tapa la boca desde la primera página: en principio, la protagonista es una mujer. No se trata de un detalle, porque creo que tiene efectos muy terapéuticos sobre la escritura: “la profesora” (cuyo nombre jamás conocemos) no es, al menos de forma lineal, una extensión del autor, y el autor no está enamorado de ella (y así, de sí mismo). La profesora no es una genia, no es especial, o más bien, es tan especial como cualquiera. Se cree especial, obvio, y eso es en parte lo que inscribe a la novela en esta incipiente tradición de autores que retratan a the “Me” generation. Pero la distancia irónica aunque afectuosa, creo, está mucho más lograda en este caso que en otros.

La novela intercala una tercera con una segunda persona en la narración (“Tu terapeuta te llamó a tu casa, como antes, la casa donde vivías con tu mamá y tu papá, porque en la relación con tu terapeuta el mundo seguía siendo el mismo de siempre”); a mí, al menos, a medida que fui entrando en el texto, el recurso me fue generando un efecto casi físico. Quizás es una obviedad, pero sí, de a ratos se siente como si el narrador te estuviera echando en cara a vos, pasándote factura a vos, por esa vida ridícula que llevás, por esas aspiraciones infundadas que tenés. Entre eso y lo que decía antes, la protagonista femenina, creo que es la primera vez que me encuentro en uno de estos textos generacionales. Otro detalle bien capturado es la relación con la droga, la noche, el quilombo: no aparece solamente como una compulsión o una pertenencia, sino también como algo que hace de tu vida una vida interesante, que te sirve para ser como los rockeros o los escritores sin la necesidad de crear nada. Creo que son los que vivieron la noche de los ’90s los primeros que tomaron conciencia de esto, que estaban los artistas y estaba toda esa gente que los rodeaba que se creía igual a ellos, pero no, no era, porque no hacía nada.

Terminé el libro en un ratito, me resultó muy atrapante: lo único que no me gustó fue el final, pero es una cuestión muy personal. No me gustan los finales que resuelven, que contestan preguntas que nadie hizo; hubiera preferido que la novela hiciera fade out a la vida, que terminara en un momento como cualquier otro. Creo que además le hubiera quedado bien, casi pensé que el autor compartiría mi gusto. Una presunción absurda, claro. Muy egocéntrica.

Ana Prada en la Sala Siranush

Cuando se habla de música gay implícitamente se hace referencia a siempre a “gay varón”: quizá porque lo lésbico se mezcla más fácilmente con lo que se piensa como “lo femenino” sin más. Yo siempre fui fan de la música de tortas; no sólo no pienso que haya nada peyorativo en la clasificación, me parece que efectivamente señala una estética, y que no tiene nada que ver con sectarismos. Creo que todo lo que llega a ser universal tiene algún anclaje en un mundo: las canciones de amor genéricas no salen de la FM. Así es como llegué a escuchar a Ana Prada hace unos años, y hace unas semanas, por primera vez, a verla en vivo.

El show es uno que ya hizo un par de veces acá en Buenos Aires: se llama “Otra Pecadora Sola” en referencia a sus tres discos editados, Soy Pecadora, Soy Sola y Soy Otra. Los primeros dos los conozco mejor (el resto de la concurrencia evidentemente también, a juzgar por lo que tarareaban) así que los disfruté más, a nadie le gustan las novedades en vivo: pero todas las versiones estaban buenas, el neo folk es una música que se presta mucho para escuchar en concierto. Con su guitarra y una banda de músicos muy versátiles, que la seguían con mucha fluidez en los cambios de carácter y de tempo, Ana Prada generó una atmósfera intimista con guiños irónicos a lo rockero (los saltitos con la guitarra acústica al final de terminar las canciones más “arriba” me mataron de ternura). Fui con una amiga que prácticamente no la conocía y ella también la pasó muy bien. Ana Prada es muy efectiva contando historias, no tenés que llegar entendiendo de qué habla como con otras bandas. Es casi como ir a ver una película o una obra de teatro, te la cuenta desde el principio. Los discos se van intercalando, igual, y las diferencias se escuchan: la mayoría de los “hits” (entre comillas no por la palabra inglesa sino porque, bueno, no es que anden sonando en la radio) están en el primer disco y el segundo. El tercero (que escuché entero después del recital) es mucho más conceptual, cada canción tiene más sentido por las que la rodean: quizás por eso me gusta menos, yo todo lo escuché entre Grooveshark y Spotify.

Más allá de una buena experiencia para los que somos fans, realmente lo recomiendo como buen plan para cualquiera. Yo estoy empezando a hacer eso, ir a recitales de cosas que no conozco pero que suena a que me van a gustar, como hizo mi amiga. Aprovechen, entonces si vuelve por estos lares.

http://laagenda.buenosaires.gob.ar/post/120444533490/musica-de-tortas