Publlicado por el 15 ago, 2013 en Novedades | 0 comentarios

Ben Lerner (Kansas, 1979) es uno de los escritores norteamericanos más destacados de su generación. Sus poemas han sido publicados en infinidad de revistas y por ellos ha sido distinguido por fundaciones como Fulbright y Guggenheim. Fue el primer estadounidense en recibir el prestigioso premio alemán Preis der Stadt Münster für internationale Poesie, en 2011. Ha publicado los libros de poemas Lichtenberg Figures (2004) y Mean Free Path (2010), y la novela Leaving Atocha Station, en 2011.

Su libro Ángulo de guiñada, de 2006 fue finalista del National Book Award en 2006, uno de los premios literarios más importantes de Estados Unidos. Lo presentamos ahora en Dakota en traducción al español de Guido Herzovich. Se trata de una pequeña joya de difícil clasificación: entre el verso y la prosa, entre la autobiografía y la digresión ensayística, Lerner construye en Ángulo de guiñada piezas como estas:

SI CUELGA DE LA PARED, es un cuadro. Si está en el piso es una escultura. Si es demasiado grande o demasiado pequeña, es arte conceptual. Si forma parte de la pared, si for­ma parte del piso, es arquitectura. Si hay que pagar entrada, es moderna. Si ya estás adentro y tenés que pagar para salir, es más moderna todavía. Si es posible estar adentro sin pagar, es una trampa. Si se mueve, ya está pasada de moda. Si hay que levantar la vista, es religiosa. Si hay que bajar la vista, es rea­lista. Si ya se vendió, es que fue creada especialmente para el espacio. Si, para poder verla, tenés que pasar por un detector de metales, es pública.

VALORABA LA PINTURA HASTA EL PUNTO de re­nunciar a ella. Valoraba la renuncia hasta el punto de seguir pintando. La figura hasta el punto de abstraer. La abstracción hasta el punto de insinuar el busto. El busto hasta el punto de pedirle a la modelo que se retire. Pero yo vivo acá, dice la mo­delo. Yo valoro eso, dice el pintor. Pero valoro el valor hasta el punto de insistir. La insistencia hasta el punto de poner la otra mejilla. La otra mejilla hasta el punto de poner la otra. De ahí que parezca que estoy diciendo No con la cabeza.

UNA PERSONA ES FÓBICA, es decir, mentalmente des­equilibrada, cuando sus miedos no consiguen contrarrestar sus otros miedos. También a los sanos les dan terror las altu­ras, pero igualmente las profundidades, y tanto la oscuridad como la luz, los espacios abiertos no menos que los cerrados. El fóbico es más bien temerario que demasiado aprensivo, y es preciso llevarlo a temer lo opuesto de lo que teme. La dificul­tad de este tratamiento consiste en hallar un terror que haga las veces de contrapeso. ¿Qué es lo opuesto a un mercado? ¿Un número primo? ¿Sangre? ¿Una araña?

LEER ES IMPORTANTE porque te obliga a bajar la vis­ta, un gesto de contrición. Cuando la página pasa al plano vertical, se vuelve publicidad, decreto y/o imagen de un niño perdido o de un animal. Suele decirse que los textos en verti­cal se dirigen al público, cuando en rigor, al no enseñarnos la humildad que es requisito de la vida en común, convocan un narcisismo de masas. Cuando mirás vidrieras, cuando hacés trizas el vidrio de un local, ves tu propia imagen reflejada.

UN SOLTERO hecho de un pan de jabón de afeitar y una lata de dentífrico, seguido de una admirativa multitud de pelos y dientes, anuncia una superficie de alevosa monoto­nía llamada publicidad. El animado le contesta al animador, arrancándole la careta tan delicadamente como el cristal. Una explosión pobremente pintada que o bien se parece a un ramo de flores (estático) o bien a una nariz sangrando (profusa en color); la pincelada misma debe imitar la dirección de la mano. Al comienzo del relato empieza a salir gas. El público bosteza con asombro. La historia, grita Hamsun, el joven senador de Wisconsin, hará justicia a mi bigote. Cuando una vanguardia en bombín arrasa a una vanguardia en turbante, he aquí la modernidad; deje su mensaje después de la señal.